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Bienvenidos a la estafa más grande de todos los tiempos



Muchos entendidos coinciden en que la especie humana tiene alrededor de un millón de años en este planeta. Muy a lo Carl Sagan, vamos a suponer que esa historia equivale a un día, siendo las 00:00 horas el momento en el cual el primer humano moderno apareció en las planicies de África, y las 12:00 de la noche el momento actual. Toda la historia de la humanidad resumida o comprimida en un día: A eso de las 10 de la noche de ese día, empezamos a pintar los muros de algunas cavernas. Faltando como nueve minutos para las doce, los humanos empezaron a desarrollar herramientas de metal. La escritura y la historia documentada, se remontan a los últimos seis minutos de este día hipotético. La vida entera de una persona equivaldría aproximadamente a siete segundos.
Hay una cosa que nos ha acompañado a las personas durante todo ese día y que ha sido al mismo tiempo motivo de nuestros temores y preocupaciones y motor de nuestro desarrollo: La necesidad. Desde el principio, las personas han tenido que enfrentarse con problemas no poco importantes, como comer, hacer frente a las enfermedades y huir de los depredadores. Los avances técnicos y científicos de la humanidad han sido motivados por esta necesidad constante. La agricultura, por ejemplo, fue un paso gigante en el proceso de satisfacer nuestras necesidades de alimento. Se cree que el hombre empezó a cultivar a eso las 11:40 de la noche de nuestras veinticuatro horas de existencia en este mundo.
Para una persona moderna, estos problemas han ido desapareciendo del panorama, a pesar de seguir existiendo. El árbol no deja ver el bosque. Pocas personas en la actualidad se acuestan atemorizadas pensando que su familia va a ser devorada por un tigre, o en cómo matar un mamut para comer al otro día. Ese ha sido el gran triunfo de la especie humana: remontar la necesidad por medio de argucias técnicas. Mención aparte merece el hecho que sigue habiendo muchas personas con hambre y sufriendo enfermedades que hoy en día son curables, pero es una idea más o menos generalizada en la actualidad que la tecnología está para resolver estas necesidades y facilitarnos la vida.
Esta concepción de nuestro desarrollo apareció en la época de la ilustración y se reforzó con la posterior revolución industrial: la ciencia eventualmente resolvería todas nuestras necesidades y podremos dedicarnos a labores más altruistas, espirituales, o simplemente a pasar el tiempo y divertirnos. Muchos pensadores han especulado con estas ideas: ¿Qué se pone a hacer un ente pensante cuando sus necesidades han sido satisfechas por completo? ¿Cuándo llegaremos a un nivel tal de productividad que nos permita dejar las cuestiones básicas (alimentación, salud, seguridad, bienestar) y dedicarnos a otra cosa?
Ese momento ha llegado, a las 12 de la noche de este día hipotético. Hoy en día producimos alimento suficiente para satisfacer las necesidades de todo el planeta, pero sigue habiendo gente muriendo de hambre en muchas regiones. El agravante está en que toda esa comida que producimos  de más y que podría alimentar a los que mueren famélicos, se desperdicia. Hemos desarrollado medicamentos y tratamientos para enfrentar la mayoría de las enfermedades  conocidas por la humanidad, y aun hoy en día mucha gente muere por dolencias que son tratables con la tecnología médica actual.
Pero quizás la contradicción más grande, la estafa de las estafas, tiene que ver con el trabajo. Y lo digo porque si Usted, amable lector, está leyendo este ladrillo, tiene acceso a internet, y seguramente no pasa hambre, ni sufre enfermedades curables. Lo más seguro es que Usted tenga un trabajo y quizás esté leyendo esta líneas desde su empresa u oficina. Se suponía que la utopía tecnológica nos iba a llevar a una época de poco o ningún trabajo. La automatización de los procesos permitiría que Usted y yo, trabajásemos muy poco y pudiéramos dedicarnos a otro tipo de actividades.
Pero con el trabajo sucede más o menos lo mismo que con la comida. Unos pocos lo tienen en grandes cantidades, es decir, asumen jornadas laborales agotadoras, que incluyen festivos y horas extras, mientras que otros andan desempleados. Muchos vieron que la solución obvia al problema de la automatización era la reducción de horas de trabajo, de modo que el poco trabajo que quedaba luego de que las máquinas asumieran los procesos productivos, se repartiera entre más personas. En Europa y Estados Unidos se ha hablado de esta reducción de jornadas laborales en diferentes momentos de la historia, pero esta iniciativa ha sido obstaculizada de manera efectiva igual número de veces.
Y aquí es donde aparece el otro ingrediente de la estafa. La reducción de horas laborales es una forma de hacer más democrático el incremento en la productividad. Si por automatizar un proceso productivo se generan más ganancias, es lógico pensar que ese exceso de ganancias se reparta entre más empleados, que se contratarían como consecuencia de la reducción de horas de las jornadas. Pero la historia ha ido en la dirección totalmente contraria: A pesar de estar produciendo más en empresas automatizadas, a sus empleados se les asignan más horas de trabajo, de modo que se produzcan aún más beneficios de los que se tenía en primer lugar. ¿Y a quienes favorece este recaudo de beneficios por partida doble? A los mismos que mueven sus influencias para evitar que se reduzcan las jornadas laborales.
Las consecuencias de este giro tan extraño de nuestro proceso de desarrollo son visibles para todos, aunque quiero hacer énfasis en unos cuantos elementos clave. El primero es que los índices de desempleo no han hecho sino aumentar desde las épocas de la revolución industrial. Como lo dice Jeremy Riffkin, los gobiernos de turno han ido incrementando progresivamente lo que se considera una cifra de desempleo alarmante. A principios del siglo XX en Estados Unidos un desempleo del 3 % era preocupante. Hoy en día la tasa de desempleo en este país supera las dos cifras, y se le sigue considerando una economía saludable.
El segundo elemento clave es que los pocos que trabajan tienen que hacerlo a unos ritmos cada vez más acelerados. Es obvio: si no se quiere repartir el trabajo equitativamente entre más personas, entonces los pocos que trabajan van a hacerlo mucho. Un ejemplo de esto se puede ver en Japón, en donde la productividad es tan importante, que los niveles de estrés y problemas sicológicos conexos son un asunto de salud pública. Desde el punto de vista de los que reciben los beneficios, esta situación es ideal. Tener un solo empleado que haga el trabajo de dos o tres personas ciertamente es motivo para felicitarlo y ponerlo como ejemplo.
Lo anterior nos lleva al tercer elemento clave. A la sociedad actual se le ha endilgado la idea de que trabajar como burro es sinónimo de dignidad e importancia. Estar ocupados a toda hora y no tener tiempo para la familia o la propia persona, es motivo para presumir en este retorcido futuro, en el que supuestamente nos íbamos a dedicar al altruismo y al ocio. Triste.
¿Cómo nos metimos en este corral sin salida? Hay dos cosas por las cuales romper este ciclo injusto es casi imposible. La primera es que para el trabajador es muy difícil negarse a cumplir las condiciones que impone el empleador. Debido al desempleo, por cada persona trabajando, puede haber otros nueve (pensando en una tasa de desempleo del 10 %) dispuestos a asumir sus labores, quizás incluso por un sueldo inferior. Lo segundo es que muchos empleados hoy día asocien la alta productividad con una condición de estatus dentro de su empresa o la sociedad. Súmese a esto el consumismo y se tendrá la receta perfecta para mantener a los empleados atornillados a su puesto de trabajo: “trabajar mucho me hace ver más importante y me permite comprar cosas que no necesito”.
Así que la iniciativa de la reducción de las jornadas de trabajo no puede venir desde un solo trabajador, porque seguramente terminará despedido y desempleado. Ese fue el gran error histórico que cometieron los sindicatos de todas partes del mundo en el siglo pasado: No aprovecharon el poder que tenían para el bien. Los que pueden hacer que el reparto de los beneficios derivados del incremento de la productividad sea más equitativo, no lo van a hacer porque no les conviene.
Así que si Usted, amigo lector, se siente culpable de estar leyendo esto en horas de trabajo, piénselo un poco mejor. A lo mejor lo que está haciendo es cambiar el mundo para bien y dándole la oportunidad a sus descendientes de dedicarse a ellos mismos y ser altruistas.
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