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Regreso al futuro en Odaiba



(Entrada correspondiente al fin de semana del 16 de febrero)

Así como a nosotros nos persiguen los toros, la paella, el olé-olé y la siesta allá donde vamos, Japón será siempre el país del sushi, el manga, las geishas y los robots.

De lo primero he probado mucho, más de lo que quisiera. Me encanta el sushi, y no hay nada que me guste más que el arroz, en todas sus variedades, pero lo mío es ya un exceso. No creo que el japonés medio haya comido a lo largo de toda su vida tanto onigiri, sashimi y sushi, como yo en el mes que llevo aquí. Las intolerancias alimenticias que he desarrollado en los últimos meses, sumadas a mi incapacidad para interpretar el etiquetado de la sospechosa comida de las tiendas 24 horas,  me han dejado sin demasiadas opciones. Como el arroz y el pescado son siempre la apuesta segura, vivo con una sobredosis constante de onigiris (bolas de arroz, generalmente de forma triangular, que suelen ir rellenas de algo – normalmente pescado – y cubiertas con algas). Sabe mejor de lo que suena, lo prometo… no tanto como las galletas, los bollos, los sándwiches y todas las comidas a las que estoy sustituyendo con ellos, claro está, pero están buenos, son cómodos de llevar a cualquier sitio, y llenan bastante. Los hay de todos los colores y sabores, para todos los gustos. La variedad es tan amplia que, si te despistas un poco, es fácil llevarse sorpresas desagradables con el contenido.

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(Imagen cortesía de Google)

Me voy por las ramas como siempre. Lo que quería contar en realidad es que mi ruta por el Japón de los estereotipos comenzó con la comida (y con los restaurantes frikis, sección del blog que prometo continuar pronto, porque  hace unos días fuimos a investigar uno de vampiros, y tengo ya un par de ideas más en mente), y el fin de semana pasado quisimos continuarla con los robots. Así pues, peregrinamos a Odaiba en busca del famoso Japón futurista.

Odaiba es una extensa isla artificial conectada con Tokio a través de un largo puente, el Rainbow Bridge. Construida a medidados del siglo XIX, su objetivo inicialmente era proteger la ciudad de los ataques por mar. De hecho, dicen que el nombre Daiba hace referencia a las baterías de cañones que se instalaron en esta fortaleza marítima. La isla tal como la conocemos en la actualidad empezó a tomar forma a partir de la apertura del puerto de Tokio en 1941, aunque debe su magnitud al megalómano exgobernador de Tokio, Shun’ichi Suzuki, que entre 1990 y 1995 proyectó un plan faraónico de desarrollo de la isla con un desorbitado presupuesto.

La entonces futurista Odaiba es hoy famosa por ser la sede de la gran compañía Fuji TV, y por albergar el gran recinto ferial Tokyo Big Sight (el que tanto nos toca visitar este año para todas las ferias profesionales). Hay varios museos, restaurantes y zonas de ocio, un onsen (baños termales) temático de la época Edo, y numerosos centros comerciales (algunos tan llamativos como Venus Fort, un tanto pijo, cuyo interior recrea el ambiente veneciano). Hay además una pequeña playa urbana, y una de las réplicas de la Estatua de la Libertad más famosas del mundo, junto con la de París.

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En nuestra excursión al futuro, la primera parada fue el Miraikan (Museo del Futuro) o Museo de Ciencias Emergentes e Innovación. No sé qué esperaba encontrar exactamente. Supongo que decenas de robots y de actividades interactivas innovadoras que me dejasen con la boca abierta. Al fin y al cabo, se supone que Tokio es la meca de la tecnología, y el museo tenía muy buenas referencias en Internet.

Sí que nos encontramos con algún que otro robot. El siempre entrañable Asimo de Honda hace  todos los días una breve exhibición, en la cual mantiene una conversación, chuta al balón jugando con los niños, y hace una pequeña coreografía. No obstante, este “innovador” robot humanoide es quizás lo más moderno del complejo, y ya ha cumplido sus catorce añitos.

Se necesita JavaScript para reproducir Asimo.

Mención especial, por cierto, a las decenas de niños japoneses que contemplaban la exhibición. Ninguno hizo el más mínimo amago de moverse de su sitio, reír o hablar en un momento inoportuno. Hasta los más pequeños prestaban atención con interés y en silencio, levantaban la mano para responder a las preguntas de la presentadora, y cuando lo hacían era para aportar respuestas coherentes. Igualito que en España, vamos.

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Por lo demás, el museo era interesante, pero no contenía nada destacable. Debió de ser efectivamente un lugar futurista, muchos años atrás. Si habéis estado en Cosmocaixa o algún otro museo interactivo, ya sabéis más o menos qué podéis esperar.

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Había alguna que otra actividad curiosa relacionada con Smart Cities (después de empadronarme en una ciudad del futuro y realizar una serie de test, la señorita virtual del Ayuntamiento de la ciudad futurista me dijo que mi trabajo en mi nuevo hogar iba a ser entrenadora de fitness… cruzar continentes para descubrir que te equivocaste de carrera y vocación, en fin) .

Personalmente lo que más me gustó fue una actividad en la sección de medicina, en la que podías jugar a ser presidente del país y decidir qué hacer con respecto a varias leyes más o menos controvertidas. Entre otras cuestiones que recuerdo, te preguntaban si estabas de acuerdo con mantener el sistema de sanidad público, qué opinabas sobre la investigación con células madre, la clonación, el derecho a la muerte digna… Lo interesante era que, después de “legislar” sobre cada uno de estos temas, podías ver lo que había votado el resto de participantes (y esto, tratándose de una cultura tan diferente y en la que ciertos temas no se tratan de forma abierta, me pareció curioso). En general, los japoneses resultaron ser bastante más liberales de lo que esperaba. El componente machista de la sociedad también se puso de manifiesto con el “no” rotundo al uso de la reproducción asistida para que las mujeres puedan tener hijos sin la intervención de los varones.

Después de echarnos una siesta en el planetario (y digo lo de la siesta en sentido literal… me gustan mucho los planetarios, pero el cielo estrellado, la narcótica voz en off japonesa, y el cansancio acumulado, fueron una mala combinación), nos dirigimos hacia nuestra siguiente parada: el parque temático de recreativos Sega Joypolis.

Ya que el día iba de robots, por el camino hicimos una parada para posar con el famoso Gundam gigante de Odaiba:

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Sega Joypolis se encuentra ubicado en el complejo Tokyo Decks de Odaiba, donde también están la versión japonesa del famoso Madame Tussauds y una versión en pequeño de Legoland, entre otras cosas. Este parque de Sega ocupa tres plantas de un edificio en el que se pueden encontrar juegos recreativos y pequeñas atracciones para todos los gustos (o casi todos).

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Reconozco que eso de las atracciones que te agitan y zarandean y que hacen que se te revuelva hasta la cena del día anterior, no es precisamente mi mayor pasión. No me monté en ninguno de los simuladores virtuales temáticos, ni quise gastarme el dinero en máquinas recreativas convencionales. Algunas de las atracciones que podrían haberme resultado más atractivas estaban íntegramente en japonés, así que tampoco eran una opción.

Al final me acabé decantando por un pasaje del terror temático de la película “The ring”, que resultó ser con diferencia el peor pasaje del terror que he pisado en mi vida. Creo que los japoneses y yo tenemos un concepto de “terror” un poco diferente. Caminar por los pasillos con una guía que no para de hablar y te va gritando todo el rato cosas del tipo “¡Mira! ¡un pollo muerto! ¡Ahí, ahí hay un cadáver!”, no deja mucho margen para la sorpresa. A la entrada nos dieron una cámara y una identificación de periodista con un reto que debíamos cumplir, como si fuera una gymkana. Habría tenido su gracia si la guía no hubiera ido haciéndonos parar para decirnos a cada uno dónde estaba el objeto que teníamos que fotografiar. Mi foto salió borrosa, así que al final me dijo que “no congratulations para mí”… Mi castigo fue hacer que me quedase un poco rezagada y que el tipo disfrazado de la niña infernal de la película me persiguiera hasta la salida. He de decir que aquello pareció más un paseo romántico en la oscuridad que una persecución.

Después de esta curiosa experiencia, me dediqué a dar un par de vueltas más por el edificio para ver las diferentes actividades.

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Cerramos el día tomando un batido en la planta alta del edificio, con unas vistas inmejorables. Y es que quizás no habíamos encontrado el futuro que buscábamos, pero poco me importó entonces. “Regresar al futuro” en Odaiba siempre tiene una recompensa impagable: las vistas nocturnas de la bahía, una de esas imágenes de Tokio difíciles de olvidar.

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